Cuántas veces las creencias (entendiendo por creencias todo aquello en lo que creo, es decir sobre lo que no tengo certezas) son tomadas como verdades indiscutible y colocan a las personas en un emplazamiento mental que les impide ver la realidad que las circunda o les impide investigar más en profundidad esa realidad. También puede pasar que el punto de vista donde están ubicadas transforma esa realidad. Esto ocurría, por ejemplo, cuando los sabios de la antigüedad afirman categóricamente que nada más pesado que el aire era capaz de volar. Y lo decían bajo la sombra de árboles en los que se posan decenas de pájaros (todos más pesados que el aire) que revoloteaban de rama en rama. Tanta es la fuerza de las creencias. Si la cosa quedara en reflexiones filosóficas en pájaros, no sería tan grave, pero las creencias operan en otros aspectos de la vida humana. Lo que se cree de los demás condiciona las relaciones que se establecen con los demás. Lo que se cree sobre la muerte, condiciona la actitud con la que se afronta la muerte, propia o ajena. Lo que se cree del sufrimiento es lo que nos lleva al sufrimiento mismo, como lo que se cree de la felicidad es lo que nos hace perseguir una ilusión tras otra sin encontrar la respuesta que nos satisfaga plenamente. ¿Qué hacer, entonces? La mejor vía que conozco para alcanzar algunas certezas es la experiencia. Es preferible experimentar lo que dicen, "hacer la prueba" en vez de seguir a ciegas cualquier propuesta, por tentadora que fuere.